El tiempo pasa, y nos vamos poniendo serios

El Gobierno apuesta a suspender las PASO (hoy, su objetivo de máxima). O, al menos, a modificarlas. Los Gobernadores viajeros tienen incentivos para darle el sí; pero la estructura de la situación decisoria no ayuda. La reputación del oficialismo, mucho menos. Pero el quid de la cuestión no está por allí: no siempre salen las cosas como las planificamos. La situación económica será decisiva (no siempre lo es, puede argumentarse), y frente a eso, las opciones a disposición no animan ningún optimismo

Dr. Diego J. Gantus, Director Gobernar365

10/5/20265 min read

Está difícil el acuerdo entre Gobierno y Gobernadores por el proyecto de Reforma Electoral Integral (más conocido como “modifiquemos las PASO a como dé lugar, para poder tener una chance de ganar en primera vuelta frente a la dispersión del peronismo”). El proyecto es de abril de este año, y se pasillea que podría ser tratado en febrero, desafiando las advertencias (recomendaciones, amenazas) de la Cámara Nacional Electoral.

La demora en el tratamiento no debería sorprender. La naturaleza misma del acuerdo (si vos me das tus votos en el Congreso HOY, yo no te compito y/o yo te divido el voto opositor en tu provincia MAÑANA) conspira contra ello.

En política, los acuerdos que salen como pan caliente son los que se pagan contado rabioso. Si, en cambio, el acuerdo que me ofrecés es a) intertemporal, y b) la que está HOY es la tuya, y la mía estará MAÑANA, que eso salga depende de tu reputación (y a este Gobierno ya no le fían ni el pan).

Si uno se pone en los zapatos de los Gobernas (quisiera ser inclusivo, pero son todos varones en este ciclo electoral, como hace mucho tiempo no ocurría), tienen sobrados incentivos para acordar.

Casi ninguno tiene pretensiones “nacionales” personales, y sus intereses (provinciales) mandan. Un acuerdo con el Gobierno despeja una porción nada despreciable de sus reelecciones o sucesiones consensuadas (eso es lo que creen). Y no son pocos los que, además, a) comparten el diagnóstico y/o el enfoque general de la política económica y, además, b) son conscientes de que el trabajo sucio aún no acaba (y mejor que lo haga otro); y, quizás más fundamentalmente, c) “eligen” leer e interpretar encuestas que muestran una aparente paradoja: mientras una mayoría del electorado quiere “un cambio de rumbo” (en torno al 60% del electorado), el peronismo no logra capitalizar ese descontento (y sus niveles de rechazo se mantienen casi tan altos como el rechazo a una reelección del actual Presidente).

Esta combinación (hay una cierta intersección de intereses que pueden verse mutuamente satisfechos, pero hay desconfianza en la palabra del gobierno, que no tiene mucho más para ofrecer que su palabra) es la que explica por qué aún corren ríos de tintas sobre este proyecto, y la mesa parece aún servida, de acuerdo a la crónica periodística.

Ahora bien, en el fragor de las negociaciones en el Congreso, o en un avión, unos y otros parecen haber omitido considerar debidamente dos cuestiones. La primera, es que el no-peronismo ha sido, hasta aquí, quien mejor uso ha hecho de las PASO para coordinarse. Cuando vamos a votar tres veces (y este ha sido el caso en 2 de las últimas 3 elecciones presidenciales) en esas PASO lo que se expresa es la primera preferencia. Y en función de sus resultados, cada quien suele comportarse, a continuación, “votando la opción menos mala” (y con el techo que parece tener el peronismo en la actualidad, esa opción menos mala -no peronista- tiene altas chances de ser mayoritaria). El chiste se cuenta solo: en esas 2 de 3, en que hubo balotaje, las cenizas que quedaron fueron las del PJ.

La segunda, la apuesta del gobierno (cambiar las reglas electorales) pareciera reforzar una presunción: que está menos atento a las demandas del electorado, que a la forma en que se configura la oferta que se le presenta. Cree, y la racionalidad de dicha creencia es muy cuestionable, que de ese modo tiene una chance de ser reelegido.

Pero aún sin PASO, si la coordinación no proviene de arriba (como producto de las reglas, y/o de los acuerdos de dirigentes), bien puede provenir desde bien abajo. Y a un año vista, no está tan claro que, puestos a elegir, una primera minoría no pondere su situación económica por encima del rechazo al pasado en general, o al PJ en particular.

¿Y por qué la situación económica y no otro factor? Las Teorías del Voto no contemplan factores infinitos; sólo un puñado de ellos afectan de modo directo o indirecto la motivación para votar. Sobran los dedos de ambas manos. El voto económico (considerando la propia situación, y/o la del país en su conjunto) tiene una predominancia relativa frente a otros factores que explican el voto, bajo ciertas condiciones.

Y a esas condiciones, este programa económico las exacerba. Y advierto: no para bien.

Argentina enfrenta problemas mayúsculos, a) que no son nuevos, y b) que no pueden resolverse en términos de una gestión -sea cual fuere su color político- sino en términos de décadas. Esos problemas, frente a la caja de herramientas que tienen el Tesoro y el Banco Central, son desquiciantes: no pueden resolverse en simultáneo, y hay que elegir.

El gobierno eligió 3 prioridades: inflación, inflación, inflación. Para ello, atrasa el tipo de cambio, y acude a todas las artes del dibujo técnico para “mostrar” un superávit que no es. Así, bajando la inflación, y haciendo espacio fiscal para “mostrar” capacidad de pago, quizás (sólo quizás) pueda acceder a financiamiento que le permita “rollearla”, razona el presidente. Como a ese acceso, sistemáticamente, el mercado se lo negó, tuvo que compensarlo con la fábrica de “conejos”: blanqueo, inocencia fiscal 1 y 2, FMI, otros OOII, Bessent. Y no hay más.

Repito: no hay nada más.

Para llevar esas metas a cabo, el Gobierno sacrifica todo lo demás. Porque este programa económico está bloqueado. Ha disminuido la inflación mucho más rápido de lo previsto, desde niveles de 150% anual, a 30-32% en 30 meses. Para hacerlo, ha sacrificado actividad, recaudación, poder adquisitivo, empleo de calidad, y varios etcéteras. Y aunque el BCRA compra dólares, las reservas netas están muy lejos de tener el efecto disuasorio que el Gobierno pretende. Y, por si hiciera falta, advirtió que no va a cambiar este rumbo.

Yo agrego “ni modo que podría, porque su alternativa es un torpedo a la línea de flotación de aquellas 3 prioridades”; esto es, liberar el tipo de cambio y sacrificar la inflación para relanzar la actividad y acumular reservas que pongan paños fríos a la incertidumbre electoral. Hay otras, que parecen alternativas -lo serían para otro elenco gobernante- pero para este no lo son, porque “no entran dentro del conjunto factible de opciones” entre las cuales elegir: endureciendo el cepo y/o segmentando el mercado cambiario (con la carga simbólica de la derrota política, económica y “cultural” que suponen las últimas 2). Esto también lo están mirando los gobernas, y por eso escuchan ofertas frente a las crecientes urgencias del oficialismo en el Congreso. Quizás la de ellos aparece…

De allí que, en el futuro, sólo veo 2 posibilidades para el Gobierno (y ninguna tiene que ver con las reglas electorales): o saca más “conejos” de la galera, o se inventa “su cisne negro”. Y, lamentablemente, las probabilidades de ocurrencia de una y otra son inversamente proporcionales. Quizás por ello los fondos reservados de la SIDE se han visto reforzados en este 2026 del modo en que lo hicieron. Algo no huele bien en Dinamarca.

Dr. Diego J. Gantus - Director Gobernar365